El futuro de nuestra perdiz

Terminó la temporada de caza 2012/2013, y lo hizo dejando tras de sí un halo de decepción e incertidumbre que tardará tiempo en desaparecer. La perdiz se acaba, nuestra reina, la perdiz roja salvaje abdica, y lo hace además empujada por la desidia y el desinterés que cazadores, administraciones y agricultores le hemos regalado.

Siempre la hemos querido, es más, diría que la mayoría la hemos amado, venerado, pero es ahora cuando su canto poco a poco se apaga cuando nos hemos dado cuenta de que en realidad nunca hemos hecho nada por salvarla.
Desde hace décadas el gráfico de producción de perdiz salvaje en Andalucía y en el resto de España es un gráfico descendente, por supuesto que posee algunos “picos” que en forma de dientes de sierra marcan los años de menor y mayor producción debido sobre todo a la climatología y la mayor o menor incidencia de predadores, pero lejos de estos “picos” el gráfico de producción de nuestra perdiz roja salvaje durante las tres últimas décadas parte del cielo y baja drásticamente a lo largo de los años hasta llegar al punto en el que nos encontramos donde prácticamente ha llegado a estrellarse catastróficamente contra el suelo.
Nos hemos acercado casi sin darnos cuenta al punto de no retorno, nuestra perdiz está herida de muerte, la climatología, nuestra mala gestión y sobre todo la intromisión de cientos de miles de perdices de granja y una terrorífica política agraria financiada por Europa y consentida por nuestros respectivos gobiernos autonómicos y central  han acabado por menguar nuestras poblaciones de perdiz Roja salvaje hasta llevarla al borde de la desaparición.
Atrás han quedado los pastores y agricultores que en todos y cada unos de los pueblos de nuestra geografía ejercían una actividad sana, ecológica y sostenible. La modernidad y la norma Europea han acabado con los usos tradicionales que durante cientos de años propiciaron un equilibrio entre producción y ecología y los ha sustituido por una idea, un ideal que fomenta la producción a cualquier precio, y no es un precio barato, para ello hemos tenido que hipotecar nuestros campos y con ellos no solo las vidas de los animales y plantas que los pueblan sino además las nuestra propias y las de nuestros descendientes.
Pesticidas, insecticidas y demás productos fitosanitarios han conseguido al final envenenar no solo el suelo sino prácticamente toda la vida que lo puebla, el resto lo han hecho los grandes tractores que cosechando durante la noche o a destiempo y roturando el cien por cien de nuestros terrenos han convertido nuestros campos en lugares desérticos, inhóspitos y carentes de vida.
Al final, la agricultura, la que durante cientos de años modelara nuestro paisaje e hiciera de España un verdadero paraíso para perdices, liebres y conejos ha terminado por darle la puntilla a esas mismas especies que tanto le tenían que agradecer, poco a poco ha pasado a ser como una madre que devora a sus hijos y se ha convertido en algo dañino que o cambia y vuelve a la senda de la sostenibilidad y el equilibrio o acabará por devorarnos a todos.
Pero no demonicemos, porque el agricultor, mera marioneta en todo este desaguisado ha sido empujado hacia este punto por la mala gestión de administradores y políticos para quien un mundo verde y sano vale lo que estén dispuestos a pagar por él, y han convertido al agricultor en peón de un juego macabro en el que ellos ponen las reglas a su antojo.
Pero es hora de cambios, debemos convencer a nuestros agricultores a quienes todavía tanto deben nuestras perdices a buscar el correcto equilibrio entre producción y ecología y exigir a quienes gobiernan nuestros campos para que comiencen a poner las piedras que sirvan para edificar un futuro mejor.
Con este afán ha surgido durante los últimos meses la plataforma “SOS SALVEMOS LA PERDIZ ROJA”  que trata de establecer un código de buenas prácticas agrarias que concilie el desarrollo económico del mundo agroforestal con la protección de la biodiversidad y por ende de las especies cinegéticas y la caza.
Lo que se pide en este código son cosas tan sencillas, tan racionales y de tan ínfimo coste como la prohibición de las labores mecanizadas nocturnas, la obligatoriedad de preservar linderos entre fincas o con caminos y acequias, la elaboración de un listado de productos fitosanitarios seguros para animales, personas y plantas y el fomento de los cultivos de ciclo largo. Algo tan sencillo, tan fácil de cumplir y de tan escaso perjuicio económico para la economía del agricultor medio y que redundaría en uno de los mayores avances para el desarrollo y pervivencia de nuestras especies salvajes.
Debemos unirnos los cazadores y debemos exigir a quienes nos representan, asociaciones y federaciones de cazadores a que lo hagan pues solo la unidad entre el colectivo cazador nos dará la fuerza que necesitamos para que nuestro proyecto, la idea de un campo sano, productivo y con vida sea posible.
Es hora de demostrar con hechos que el cazador, al menos el de verdad el que ama y siente como suyo el entorno natural está dispuesto a luchar, ahora justo cuando más falta hace, por algo que nos ha acompañado desde siempre y nos ha hecho mirar a la vida como lo que somos, cazadores, enamorados del campo y de algo que mas allá de una afición o un deporte se ha convertido en nuestra forma de vida.
Mi agradecimiento a la Federación Andaluza de caza por su apoyo y compromiso mostrado para con esta causa que ha hecho suya, y a la labor de protección de la caza y de los derechos de los cazadores que ha demostrado.


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