«¿Basta con amar la naturaleza?»

«¿Basta con amar la naturaleza?»

Por José María Mancheño Luna, presidente de la Federación Andaluza de Caza

Cada verano asistimos al mismo ritual. Cuando el termómetro supera los cuarenta grados, las redes sociales se llenan de mensajes reclamando más protección para la naturaleza, denunciando los efectos del cambio climático y apelando a la necesidad de conservar la biodiversidad. Son proclamas bienintencionadas, sin duda. Pero mientras unos escriben, otros trabajan.

Cuando la mayoría de los andaluces disfruta de unos días de descanso, de la playa o de la piscina, miles de cazadores recorren cada mañana caminos y veredas para llenar bebederos, reparar depósitos, limpiar puntos de agua, reponer alimento y comprobar que la fauna puede sobrevivir al periodo más duro del año. Lo hacen en silencio, lejos de los focos, sin campañas de publicidad y sin esperar reconocimiento alguno. Quizá por eso sea una realidad tan desconocida.

Entre junio y septiembre, los cazadores federados andaluces instalan y mantienen 40.096 puntos de agua distribuidos por el territorio. Gracias a ese esfuerzo se aportan más de veinte millones de litros de agua precisamente cuando las altas temperaturas secan arroyos, charcas y pequeñas láminas de agua imprescindibles para la supervivencia de innumerables especies. Son cifras difíciles de ignorar. Y, sin embargo, rara vez ocupan titulares.

Existe además una idea equivocada que conviene desmontar. Hay quien piensa que estas actuaciones benefician exclusivamente a las especies cinegéticas. Nada más lejos de la realidad. En un bebedero instalado por una sociedad de cazadores no sólo bebe una perdiz o un conejo. También lo hacen reptiles, pequeños mamíferos, aves insectívoras, rapaces, polinizadores e incluso especies tan emblemáticas y protegidas como el lince ibérico cuando encuentra en esos puntos un recurso imprescindible. La biodiversidad no entiende de etiquetas administrativas ni distingue entre especies cazables y protegidas. El agua es agua para todos. Y el alimento también.

Resulta paradójico que quienes con mayor frecuencia cuestionan la actividad cinegética rara vez hablen de este trabajo cotidiano. Es legítimo discrepar sobre la caza. Lo que resulta mucho más difícil es negar la realidad de una gestión del medio natural que sostiene miles de hectáreas durante el verano y que se realiza con recursos privados, sin ayudas públicas y gracias exclusivamente al compromiso de miles de aficionados organizados en sociedades locales de caza.

Porque detrás de cada bebedero hay combustible, depósitos, herramientas, horas de trabajo y personas que dedican parte de sus vacaciones a cuidar el campo. Detrás de cada punto de alimentación hay planificación, mantenimiento y un coste económico que asumen los propios cazadores. No lo paga el contribuyente. Lo pagan quienes, además de practicar una actividad legal y regulada, entienden que conservar el hábitat constituye una obligación inseparable de la propia caza.

En tiempos en los que abundan las etiquetas, quizá convenga preguntarse qué significa realmente ser conservacionista. ¿Basta con proclamar amor por la naturaleza? ¿Es suficiente firmar manifiestos o lanzar consignas en las redes sociales? ¿O conservar implica también madrugar en agosto, recorrer kilómetros bajo un sol abrasador y asegurar que la fauna encuentre agua donde ya no la hay? La conservación no debería medirse por la intensidad de los discursos, sino por la eficacia de los hechos. Y cuando el verano castiga con dureza, los hechos son tozudos: mientras muchos hablan de biodiversidad, miles de cazadores andaluces la mantienen viva, gota a gota y grano a grano.



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