En la pasada Asamblea General de la Federación Andaluza de Caza, uno de sus miembros, presidente de una de las sociedades de cazadores más importantes de la provincia de Córdoba, me exigió que era fundamental y necesario que trabajáramos ya en buscar soluciones para atajar los enormes perjuicios que …

En la pasada Asamblea General de la Federación Andaluza de Caza, uno de sus miembros, presidente de una de las sociedades de cazadores más importantes de la provincia de Córdoba, me exigió que era fundamental y necesario que trabajáramos ya en buscar soluciones para atajar los enormes perjuicios que los actuales usos y prácticas agrícolas causan a la fauna silvestre y, por tanto, a la fauna cinegética. Perjuicios que, a su juicio, estaban afectando especialmente a nuestra perdiz roja.

En las últimas fechas, idéntica inquietud me ha llegado desde otros puntos de la geografía andaluza, incluso desde la propia Administración.

Nuestra perdiz roja está sufriendo en exceso la actual forma de practicar y entender la agricultura en Andalucía; el actual cultivo de olivar, la intensificación del uso de plaguicidas y fitosanitarios así como la paulatina desaparición de lindazos, ribazos, setos y “malas hierbas” de nuestros campos está perjudicando a nuestra perdiz que ve limitadas las condiciones naturales para su alimentación, reproducción y defensa.

Recientemente, he tenido oportunidad de leer las conclusiones preliminares del PROYECTO SEMILLAS que FEDENCA (Fundación sostenida por todos los cazadores federados españoles), con la colaboración de la Fundación Biodiversidad, están llevando a cabo para determinar los efectos del uso de plaguicidas en las poblaciones de perdiz roja. Se ha tenido conocimiento con este estudio que los fitosanitarios, usados como blindaje para las semillas de siembra causan unos efectos muy negativos en los ejemplares de perdices que, dada la escasez de grano y otros recursos alimenticios, acuden a las semillas de siembra que constituyen un porcentaje muy elevado de la dieta de estas aves. En sus conclusiones previas, el citado estudio concluye que “ … la ingesta de estas semillas, dependiendo del tipo de compuesto y la ldosis con que hayan sido tratadas así como de la cantidad ingerida, podría acarrear consecuencias graves, desde la pérdida de condición corporal, pasando por la alteración del metabolismo, la disrupción del sistema endocrino o la disminución de la eficacia de la respuesta inmunológica, hasta llegar a la reducción del éxito reproductor o incluso la muerte del animal …”.

De igual forma, recuerdo y me hago eco de las conclusiones definitivas alcanzadas mediante un estudio, coordinado por FEDENCA y la Consejería de Agricultura y Pesca de la Junta de Andalucía, que tenía por objeto determinar las causas de los daños agrícolas producidos en la campiña cordobesa por la especie conejo. Una de las conclusiones más importantes y novedosas indicaba que los daños tan importantes producidos no se debían tanto a una supuesta explosión demográfica de la citada especie sino a unos usos agrícolas que habrían provocado la práctica desaparición de alimentación natural o silvestre, dando lugar a que los conejos tengan que acudir a los cultivos agrícolas a alimentarse.

Sentado lo anterior y para obtener una mejor perspectiva de este asunto, no es ocioso recordar que la agricultura en Andalucía es uno de sus grandes sectores productivos, siendo así que el sector agroalimentario es el que más contribuye a las exportaciones de nuestra Comunidad Autónoma. El aceite de oliva, las aceitunas, las frutas y las hortalizas andaluzas son líderes mundiales y muy apreciados en todo el mundo.

Por tanto, cualquier solución a este asunto que nos preocupa a los cazadores debe partir necesariamente de un diálogo previo que acerque posturas entre cazadores y agricultores, al objeto de poner en marcha estrategias de lucha contra esos efectos perjudiciales de la agricultura, respetando siempre los criterios económicos y de competitividad del campo andaluz. O sea, la búsqueda de soluciones debe obligatoriamente conciliar la conservación de la fauna silvestre con la productividad de tal forma que el agricultor debe participar activamente en esa búsqueda y puesta en marcha de soluciones que redunde en beneficio de la fauna cinegética silvestre y no merme su producción y rentabilidad económica.

El reto es importante, el trabajo que debe desarrollarse en este sentido también. Y las dificultades enormes, fundamentalmente porque son otros los problemas que aquejan a nuestros agricultores y a nuestros campos. Tras la “crisis del pepino”, precisamente hoy domingo 10 de julio desayunamos con la “magnífica” idea de nuestros vecinos franceses de iniciar una campaña de control de los camiones en las carreteras para verificar la conformidad de los cargamentos importados de frutas y hortalizas.

Con este panorama y con la que cae, mucho tenemos que trabajar y esforzarnos para que los agricultores, en primer lugar, entiendan nuestras demandas y, en segundo lugar, participen de ellas.

A trabajar se ha dicho.



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